Cárcel en desierto de Perú: el final de europeas que trafican droga

La cárcel Ancón en Perú, es la más nueva de dicha ciudad situada a 40 kilómetros de Lima. Está rodeada de dunas de arena, en un desierto neblinoso que hace más profunda la soledad de jóvenes europeas presas por tráfico de cocaína.

Hace dos años que Karen, una holandesa de 21 años, vive junto a otras siete reclusas en un celda sin ventanas. Casi todas están en sus veinte años. Y cambiaron abruptamente las luces de ciudades de Europa por la oscuridad de una prisión peruana.

No arruines - no a las drogas - no al tráfico de droga - dejar la droga - droga - drogas“Era la primera vez que traficaba. Me atraparon con cinco kilos de cocaína que llevaba para Amsterdam”, cuenta. “Después de un tiempo uno se acostumbra a esta vida”, dice Karen. Pero no todas sus compañeras piensan lo mismo. Isabel, una madrileña de 25 años, no soporta el encierro. “Me siento como un caballo que necesita salir a correr”, se queja. A la española aún le cuesta creer que esté allí. “Nunca imaginé que podía caer en esto. Cuando venía en el avión hacia Perú me decía a mí misma: ‘¿Qué estoy haciendo?’, pero ya no podía ir atrás”, dice. Cuenta que se convirtió en ‘mula’ porque no tenía trabajo y necesitaba dinero. Una situación que se repite entre jóvenes de toda Europa, los más golpeados por la desocupación.

“Me iban a pagar 10.000 euros. Y como a todas las que estamos aquí me dijeron que en Perú no había control, que era muy fácil salir con la droga, y que si había algún problema se pagaba a la policía y listo”. Llevaba dos kilos de cocaína en un doble fondo de su mochila cuando fue detenida en el aeropuerto de Lima. “Conocía a otros que lo habían hecho y les fue bien”, se lamenta.

 

Detenidas por tráfico de droga

 

El pabellón de mujeres de la cárcel Ancon II fue inaugurado en 2011. Las extranjeras, casi todas presas por tráfico de droga, están separadas de las presas peruanas, pero se juntan en talleres de formación.

“Es una prisión que busca aplicar un nuevo modelo: ‘O trabajas o estudias’, explicó a Marisa Salvador, directora de talleres del penal. Por ello para las mujeres se ofrecen distintas actividades como peluquería, textil, gastronomía y bisutería. “Hay un buen clima en general. Quienes vienen aquí ya estuvieron en otros penales. Y de aquí ya saben que salen en libertad”, comentó la agente penitenciaria Dennise Falconi Rivera.

El último caso de traficantes europeas en Perú que captó la atención de la prensa mundial involucró en agosto a una irlandesa de 20 años y una británica de 19, detenidas cuando intentaban viajar con 11 kilos de cocaína hacia España, país del que proviene el mayor número de ‘mulas’ que llegan a Perú.

Al menos 248 extranjeros fueron detenidos en 2012 en el aeropuerto internacional de Lima por intento de tráfico de cocaína a Estados Unidos, Europa y Asia, según la Dirección Antidrogas peruana (Dirandro). De ellos 62 eran españoles.

 

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Españoles detenidos en cárceles extranjeras

 

El número de españoles detenidos en cárceles extranjeras ascendía en junio de este año a un total de 2.523, de los que el 81% (2.054) estaban condenados por tráfico y/o consumo de drogas, lo que supone un 25,71% más que en 2008, según los datos del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación.

Estos datos los han recogido el Plan Nacional sobre Drogas y el Movimiento por la Paz en el marco de su campaña anual de prevención del consumo y tráfico de estupefacientes en el extranjero, que en esta ocasión lleva por lema ‘No arruines tu vida’.

El precio de la cocaína y el destino final de la droga

 

El principal destino de la cocaína peruana es Estados Unidos Unidos, donde el kilo de cocaína se comercializa a más de 30.000 dólares. En Europa asciende a 45.000 dólares y en Asia a 110.000 dólares, según la Dirandro.

“Vine a Perú de fiesta. Para consumir droga y pasarla bien. Me encontraron con cocaína en un hotel y me detuvieron”, cuenta la italiana Paola, y se queja de que está presa desde hace casi un año y medio, aún sin condena. Relata que a los 18 años vivía sola, trabajaba como barman en Bologna y se drogaba.

“Este tiempo al menos me ha servido para terminar con eso. Lo intenté muchas veces y no pude”. Las jóvenes presas comparten un baño que está en el medio de la celda, donde hay un grifo para bañarse con agua fría. Cuentan que en ese desierto las noches son húmedas y heladas. La mayor parte de las reclusas europeas enfrenta condenas por tráfico de droga de más de seis años.

A muchas les restan entre tres y cuatro años de cárcel. “No sabemos si podremos lograr una reducción de penas. Aquí nadie sigue nuestros casos, nadie se ocupa de nosotras. Cada una tiene que arreglarse como puede”, dijo Karen, con la esperanza de que los 36 meses que le quedan puedan ser menos. Cuando llega el día en que una sale en libertad, la despiden con una pequeña celebración. Bailan y entonan una canción que repite: “y esas rejas se abrirán, esas rejas se abrirán”.

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