No te conviertas en una etiqueta. Somos más que nuestros síntomas.

A lo largo de la historia ha habido muchos intento de clasificar la enfermedad mental. Desde los inicios, las clasificaciones se han vuelto cada vez más y más específicas. Al principio de todo estaban dos tipos de “locura”: las neurosis y las psicosis. Luego los profesionales quisieron afinar más y dentro de esos dos grandes bloques fueron creando subcategorías. En la actualidad, encontramos más de 20 categorías, cada una de ellas con 5 o 6 diagnósticos diferentes.

Vivimos en un mundo donde todo está etiquetado. La preocupación por clasificar el mundo que nos rodea en inherente al ser humano, así que es comprensible ese afán por etiquetarlo todo

 

¿Es necesario un diagnóstico?

 

Cuando un profesional de la psicología, la psiquiatría o la medicina realiza un diagnóstico, no está haciendo otra cosa que ponerle un nombre a una serie de síntomas que padece la persona  y que le permiten clasificarlo como paciente de un problema concreto.

El diagnóstico en un principio es útil, es como un idioma común entre los profesionales de la salud para entendernos entre nosotros, esto está claro. Pero no hay duda del gran peligro que supone encasillar forzosamente a una persona.

El mayor peligro del diagnóstico, es que, en la mayoría de los casos, se acaba convirtiendo en una etiqueta con la que la persona se siente identificada. A diario vemos personas que se identifican como “soy bipolar”, “soy esquizofrénico” y justifican sus acciones en función de su diagnóstico. Dejan de ser ellos y se presentan directamente como “Soy depresivo”.

No seas una etiqueta - diagnóstico en salud mental - patología dual - trastorno de personalidad

Lo que queremos decir, aún respetando las opiniones que pudiera haber en contrario, es que no necesariamente nuestros pacientes deben coincidir con algunas de las descripciones diagnósticas al uso y que, salvo en casos muy determinados, es preferible mantener el diagnóstico abierto.

Realizar un diagnóstico requiere sumo cuidado, conocimiento y control por parte del profesional pues una etiqueta que puede tener mucha más fuerza de la que aparenta. El error más frecuente es pensar que la clasificación de los trastornos mentales clasifica a las personas; lo que realmente hace es clasificar los trastornos de las personas que los padecen.

 

¿Por qué son peligrosas las etiquetas?

 

No habría problema en etiquetar y clasificar el comportamiento humano si no fuera porque el lenguaje no está libre de connotaciones. Llamar a alguien esquizofrénico o ansioso tiene consecuencias. La realidad es una construcción social y lo que la gente cree que es real lo es en sus consecuencias. Uno de los ejemplos más claros es el conocido fenómeno de la “profecía autocumplida”.

Un diagnóstico puede, en ocasiones, calmar la ansiedad de los familiares que ahora pueden nombrar el trastorno de su familiar. Pero también puede, al contrario, generar nuevas ansiedades, sobre todo si es entendido como una condena y no como una descripción de la situación en que se encuentra el paciente.

Y todo eso, sin olvidar que en la práctica clínica existen muchas situaciones que aconsejan una intervención precoz, aún cuando no exista una patología diagnosticable, precisamente para prevenir su aparición.

En Centro Can Rosselló lo vemos muy a menudo: personas que llegan con varios diagnósticos y familias que solo esperan “descubrir cual de ellos es el real”. Quieren un nombre, una etiqueta. Y lo quieren ya.

Las etiquetas son peligrosas porque pueden incapacitarte o aislarte socialmente. Hemos llegado a tal extremo que ya hay campañas que avisan del sobrediagnóstico que se está produciendo. Ya nadie está libre de ser un enfermo. Todo comportamiento pasa a ser valorado a través del filtro de la salud mental que cada vez es más estricto.

 

La importancia de un buen diagnóstico ¿Por qué es importante?

 

Antiguamente, había la idea de que no se puede hacer una buena terapia sin un buen diagnóstico. Ese era el pilar básico y esencial para que el trabajo de psicoterapeuta/psicólogo/psiquiatra…tenga su éxito.

Muchas veces nos encontramos con gente que lleva años en tratamiento y todo porque en su día se hizo una mala evaluación de su problema. Realizar un buen diagnóstico, es decir, saber con claridad que es lo que sucede es muy importante. Pero hemos de entender ese “diagnóstico” como una herramienta que nos ayudará a obtener el tratamiento adecuado y a entender que es lo que sucede.

Un diagnóstico no es más que eso: información clara, claridad. Ver realmente que es lo que sucede. Ver donde estamos. Nunca debemos entender el “diagnóstico” como una casilla, como una etiqueta que comporta un listado de síntomas o manifestaciones clínicas inevitables.

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Este tipo de etiquetas diagnósticas existen para poder comunicarnos entre profesionales, sirviendo también como una guía estandarizada a seguir, no estricta ni literalmente, porque no hay una persona igual a otra, como tampoco se dan los mismos síntomas en personas diagnosticadas de un mismo trastorno.

Si bien es cierto que el ejercicio de etiquetar tiene un propósito práctico, gran parte de las veces se hace un mal uso del mismo o simplemente, el propio diagnóstico no se argumenta o comunica de manera “asertiva”. En este sentido, el síntoma que muestra la persona se presenta como una generalidad del diagnóstico.

 

Un diagnóstico no es un adjetivo

 

Es frecuente escuchar frases como “es bipolar”, “es depresivo” o “es esquizofrénico”. Este tipo de frases no solo están utilizadas de forma incorrecta sino que además fomentan y perpetúan el estigma.

También habría que evitar, por ejemplo, usar “un psicótico” y optar por “una persona que tiene o ha tenido psicosis”, ya que, como se especifica en el documento, las personas son más que su diagnóstico y éste no les define. También es importante prescindir de términos como loco, maníaco o lunático porque están vinculadas a un comportamiento extraño o burla. Nunca una enfermedad mental debería ser un insulto.

 

No te conviertas en una etiqueta.

 

Hoy en día tenemos muchas técnicas y formas de poder evaluar a la persona, para diagnósticos de trastornos mentales pero estas técnicas no pueden ser utilizados de manera aislada. Cuando no le damos la importancia que merece al diagnóstico, no dedicándole el tiempo necesario ni los instrumentos adecuados que ayudarían a definir más certeramente el problema, tenemos como consecuencia directa un tratamiento más prolongado y menos certero de lo que el caso concreto requeriría.

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Hay que acabar con el estigma y quitar las etiquetas a las enfermedades mentales. Somos personas normales a las que nos gusta hacer deporte, tener amigos, disfrutar de la vida familiar, etc. Normalizar eso es una batalla que libramos diariamente.

 

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